sábado, 10 de octubre de 2015

La deriva Shopenhauer


“El toro no embiste porque tiene cuernos, tiene cuernos porque quiere embestir”
Arthur Schopenhauer

“Por más que intentes atravesar la pared, la puerta no se va a mover del sitio”
Mamá Bolkoien


“Me duele la boca de abrirla”
Pequeña Penny

Que vida triste la mía,
preso en de la dispersión,
cojo el tren en una vía
y me voy por peteneras
¡Madre de mi corazón!
y me voy por peteneras.

Ben el binagre



      Con 12 años cayó en mis manos “Sobre la voluntad en la naturaleza” de Schopenhauer. Y me lo creí, me lo creí tanto que decidí ponerlo en práctica.
      Si un toro podía conseguir que le crecieran los cuernos, seguro que yo también podía conseguir que me crecieran, no los cuernos que me parecían una incomodidad a la hora de rematar de cabeza, pero sí un par de enormes alas de águila, con sus largas plumas de ala ancha y no esa mierda de algodón de los angelitos.
      Con esa intención me encerré en la habitación, me senté cómodamente en la cama, cerré los ojos y empecé a imaginar que me nacían dos bultitos en la espalda, a la altura de los omoplatos. Poco a poco, esas pequeñas protuberancias iban desarrollándose, creciendo, hasta convertirse en dos hermosos pechos de mujer. Por extraño que parezca, los pechos, si bien habían nacido en la espalda, ahora estaban perfectamente ubicados en su sitio, incorporados a mi anatomía con naturalidad y proporcionando a mi cuerpo un aspecto distinto, turbador.
      Abrí los ojos entre confundido y excitado y comprobé, tanto con alivio como con pesar que no me habían crecido ni pechos de mujer ni alas de águila. Sin embargo, en compensación, me había crecido otra parte del cuerpo.
      El resto del verano lo pasé recluido en mi cuarto en un estado de meditación profunda del que sólo salía con desgana para ir al baño y comer algo.
      Mi madre empezó a inquietarse. En las comidas se quedaba mirando fijamente mis ojeras y decía —Tu no estas bien. — y a continuación a mi padre —Este chico no está bien. —con lo que yo daba por terminada la comida y me levantaba de la mesa a lo que respondía la autoridad de mi padre.
      — ¿Donde te crees que vas? siéntate en tu sitio y haz caso a tu madre.
      Entonces yo me volvía a sentar, mi madre me miraba fijamente a las ojeras y decía—Tu no estas bien. —y a continuación a mi padre— Este chico no está bien.
      Un día vino un señor a casa y me preguntó qué hacía tantas horas encerrado en la habitación. Cuando le respondí que intentaba volar miró a mi madre con preocupación.
      —Lo ve, si ya le decía yo que no estaba bien. —Sentenció mi madre.
      Me internaron en un centro de rehabilitación para toxicómanos en el que me obligaban a creer en Dios y en la restauración de muebles usados, indistintamente.
      Y así, entre Toretes y Vaquillas reconvertidos a monaguillos bricomaniacos, fui perdiendo las ojeras junto con la fe en Schopenhauer y en la humanidad, indistintamente, sustituyéndolos por un incipiente bigotito y un paquete de Malboro, del que ya no he sabido separarme.
. . . . . . . . . . .

      Acompaño a Pequeña Penny al Centro de Salud para una revisión rutinaria. Aburrido de esperar, aprovecho que nadie acude a la llamada de un paciente por megafonía y me cuelo en la consulta. La doctora, una señora de mediana estatura para su mediana edad, ni guapa ni fea, se acerca a las gafas bifocales unos informes que deben pertenecer a la paciente ausente.
      —Siéntese, Doña Aurora, —dice sin levantar la vista de los informes— a ver, ¿que es lo que le pasa?
      —Que no me encuentro el punto G—digo yo, por entablar conversación.
      La doctora levanta la cabeza y me mira fijamente con el ceño fruncido. Yo empiezo a recular en el asiento, analizando las vías de escape.
      — ¿Usted fuma? —dice por fin
      —Un paquete de Malboro, —respondo precipitado. — desde los doce años.
      —Pues eso se ha terminado, no ve como tiene de irritada la voz, que parece un camionero.— comienza a teclear en el ordenador— Le voy a hacer un volante para que le hagan unas placas de la garganta y en una semana me vuelve usted a ver. —aprieta una tecla que hace que la impresora escupa las hojas con las citaciones— Y mientras tanto ni un cigarrillo.
      Me entrega el volante y cuando ya iba a salir por la puerta me llama
      — ¿No se olvida Usted de algo?
      Me paro junto a la puerta y me vuelvo, indeciso.
      —Ya está dejando su paquete de Malboro encima de la mesa— dice, y tras una inquisitorial pausa — y desnúdese.
      Abandono la consulta justo a tiempo de ver como Pequeña Penny sale por la puerta adyacente. Avanzo a su encuentro.
      — ¿Todo bien? —pregunto disimulando.
      — Bien, —responde— ¿y tu, como tienes esa cara?—me mira intranquila— ¿te pasa algo?
      —Es que a mí estos sitios me ponen enfermo. —vuelvo a disimular— Vamos, te invito a desayunar.
      Una vez en la calle, observo por una de las ventanas a la Doctora de mediana edad, recostada en su sillón con los pies descalzos encima de la mesa. Tiene el pelo alborotado y la bata desabotonada deja entrever un cuerpo bien cuidado. Desde éste lado de la cristalera resulta terriblemente atractiva. En sus manos, la cajetilla de Malboro de la que saca un cigarrillo y lo coloca con suavidad clínica entre sus labios. Lo prende y da una profunda calada para luego, con placer, dejar escapar el humo por las comisuras de su sonrisa.
      Pequeña Penny me da una colleja. —¿Que haces?
      —He decidido dejar de fumar. —respondo— Es que el tabaco se ha puesto por las nubes.
. . . . . . . . . . .

     Al regresar del centro de rehabilitación me encontré con mi amigo Lolo. Tras escuchar mi historia se me quedó mirando pensativo, parecía mantener una lucha interior. Al final debieron triunfar las fuerzas del bando de la pena ajena, porque echándome un brazo por encima de los hombros, me condujo hasta una esquina
      — Mira, te voy a contar el secreto de mi familia, pero tienes que jurarme que no se lo contarás a nadie.
      — Lo juro por lo mas sagrado —dije yo, siguiendo el convencionalismo aceptado.
     Lolo me miró fijamente a los ojos. Yo mantuve la mirada de la manera mas sincera que supe. Tras unos segundos que se me hicieron eternos Lolo se decidió a hablar.
      — Nos colgamos un ladrillo.
      — ¿Cómo que nos colgamos un ladrillo?
      — Pues eso, que nos atamos una cuerda a la chorra y ponemos un ladrillo de contrapeso. Por eso la tenemos tan grande.
      — Y a mí que me importa cómo la tengáis en tu casa.
      — Oye, que has sido tú el que me ha venido llorando que no conseguías que te creciera.
      — ¡Joder! Lolo, es que no te enteras de nada.
      — ¡Ah!, y tú sí. Por eso te han ingresado en un centro de retrasados.
      — De rehabilitación, imbécil.
      — Pues eso, de imbéciles con la picha corta. Tú y el Chopenagüer ese.

     Llegué a casa triunfal, con la nariz rota y el labio partido, pero triunfal. Mi madre se me quedó mirando fijamente, dio media vuelta y se alejó murmurando por los pasillos de la casa.
      — Este chico no está bien, no, no está bien.
     Atravesé el umbral y respiré profundamente el aroma del hogar, apestaba a coliflor recién hervida. Para evitar el vómito, encendí un cigarrillo y me lo coloqué en un lateral de la boca, estilo Travolta.
      — ¡Mamáaa! —grité mientras avanzaba con magullada chulería por el pasillo— ¿Tenemos ladrillos?



2 comentarios:

Sergio Biosca dijo...

¡Que grande!
Vista así, la locura natural y cotidiana de la intimidad más hermética, luce como un destello de excentricidad. Curioso cómo a la voluntad la engulle sin aspavientos la inercia de las cosas y un realismo, que no es sino el imperio de otras rarezas con regusto a cinismo hegemónico. Con total naturalidad.
Me ha encantado.

sangreentrelascenizas.blogspot.com

Ben Bolkoien dijo...

¡Qué grande tu comentario, Sergio! Muchas gracias por visitar mi casa.

no se olvide