martes, 15 de diciembre de 2015

lunes, 23 de noviembre de 2015

lunes, 9 de noviembre de 2015

In DESMEMORIAM


Se me ha olvidado tu apellido.
No soy capaz de recordar el sonido tu voz
el sabor de tu sexo,
tus caricias,
tus besos
¿donde estarán tus besos?
perdidos
como el tiempo.

Ya apenas puedo acordarme de ti
pero no puedo olvidarme de tu tristeza
y de tus versos


viernes, 30 de octubre de 2015

Frases poco hechas
Los límites de la Física

  Corría más deprisa que la luz para escapar de su sombra y se dio de bruces con la imperturbable Relatividad.

El Laboratorio de Ciencias

      La puerta del laboratorio de ciencias siempre permanecía cerrada. Como nadie recordara haberla visto abierta, sospechábamos que tras ella sucedían cosas terribles. Con el paso del tiempo, dedujimos que era allí donde ocultaban los cadáveres.




      Un día, Reverte trajo unos cigarrillos holandeses que le había afanado a su padre y nos invitó a fumar en el recreo. Entonces nos contó de una vez que consiguió asomarse a hurtadillas al laboratorio, descubriendo a un grupo de profesores que infringían todo tipo de atrocidades al cuerpo inerte de un crío de nuestra edad. Aberraciones inhumanas, dijo con regocijo, y a todos nos entró el canguelo, porque las aberraciones inhumanas daban mucho canguelo, aunque no tuviéramos ni idea de lo que eran. En el debate que se suscitó a continuación, Camilo nos explicó que aberraciones era dar por culo, que su madre se lo decía a su padre. Y que por eso sus padres estaban condenados al infierno sin readmisión.

—Remisión— corrigió Bergamín.
—Chorradas— dijo Camilo —¿Cómo se va a remitir nada desde el infierno?
—Pues al infierno se va sin remisión de toda la vida de Dios— replicó Bergamín —, eso lo saben hasta los negros.
Lo que suscitó una nueva polémica entre la lógica popular y la tradición cristiana en la que estuvimos enfrascados hasta la hora de volver a clase de Geografía e Historia.

      Me quedé rezagado contemplando como entrábamos en la clase y decidí seguirme a cierta distancia, pues no quería que mi cuerpo hiciera algo de lo que luego tuviera que arrepentirme.

Al entrar en clase, el padre Moratinos mandó salir al encerado a Federico García y comenzó a dictar:

“Antiguamente, la gente era muy aficionada a perder la cabeza. Se montaba una revolución y todos perdían la cabeza, hasta los locos……”
A continuación, se levantó de la mesa, agarró a Federico por detrás y bajándole los pantalones hasta los tobillos, comenzó a practicar con el todo tipo de aberraciones. Ante mi asombro, el resto de mis compañeros, incluido yo mismo, continuamos escribiendo en nuestros cuadernos
“…Esta propensión insensata fue patentada en su día por un avispado francés y acogida como la última novedad del salón de las nuevas tecnologías por el resto.”
Comprendí que estaba sufriendo una alucinación y cerré los ojos con fuerza. Intenté taparme los oídos, pero mis manos no dejaron de escribir la cantinela del padre:
“…En poco tiempo, toda Corte que se preciara, disponía de mecanismos ingeniosos para descabezar a sus súbditos…”
Al abrir los ojos las cosas habían empeorado. Los padres de Camilo se habían incorporado al cuadro y practicaban aberraciones sobre la mesa del profesor. El propio Camilo, de pie junto a sus padres, tomó el relevo al padre Moratinos en las labores de dictado:
“…y los Raymonetes de turno recorrían las distintas ejecuciones públicas dando por el culo a los reos como cobro del canon capital…”
Mis compañeros, que en fila de a uno esperaban su turno con los pantalones bajados, cantaron a coro:
“del latín caput, capitis. ¿Entiendes?”
Entonces mi cuerpo se levantó, se arrancó la cabeza, la depositó sobre el pupitre y se incorporó a la fila mientras se bajaba los pantalones. Mi cabeza quedó contemplando el reverso de Reverte, cuya cicatriz-boca continuó el dictado:
“..De alguna manera sibilina, esta costumbre se incorporó al código genético de las madres de la raza humana,…”
Mientras hablaba, la cara b de Reverte se iba transformando en su madre. Los labios cicatriz mudaban carnosos y llenos de sensualidad, las cuencas vacías se colmaban de miradas traviesas y azules que jugaban al escondite tras una cortina de pestañas...
“…que generación tras generación, siguen utilizando el golpe en la cabeza para corregir las actividades díscolas de su progenie,”
Y me arreaba un bofetón, para a continuación arroparme entre sus brazos y acercándome a sus pechos desnudos, introducir un rosado y erecto pezón entre mis labios, amamantando así mi excitación. Excitación que, con el rabillo del ojo, pude ver como se reflejaba en mi cuerpo en forma de una indiscreta erección en el momento justo en que el padre Moratinos se disponía a aberrarme.
“dejando para la Santa Madre Iglesia, la ingrata tarea que supone ocuparse del canon.”
Empecé a notar su miembro y grité. Me soltó otro bofetón y empezó a zarandearme con fuerza.
—Tío, que se te ha ido la olla— Reverte me agitaba preocupado desde su cara buena —¡Jooder, Kojak! Te has cagado encima.— Y salió corriendo.

Me quedé rezagado contemplando como entrábamos en clase. Esta vez decidí no seguirme, entonces, mi cuerpo se frenó en seco y regresó con desgana a este lado inmundo de la realidad.

      A Reverte lo expulsaron por llamar perfecto mierda al padre Moratinos en clase de Geografía e Historia, y no lo volvimos a ver. Entre los compañeros empezó a circular el rumor de que lo habían fusilado en la tapia del patio, para luego esconder el cuerpo en el laboratorio.




sábado, 10 de octubre de 2015

La deriva Shopenhauer


“El toro no embiste porque tiene cuernos, tiene cuernos porque quiere embestir”
Arthur Schopenhauer

“Por más que intentes atravesar la pared, la puerta no se va a mover del sitio”
Mamá Bolkoien


“Me duele la boca de abrirla”
Pequeña Penny

Que vida triste la mía,
preso en de la dispersión,
cojo el tren en una vía
y me voy por peteneras
¡Madre de mi corazón!
y me voy por peteneras.

Ben el binagre



      Con 12 años cayó en mis manos “Sobre la voluntad en la naturaleza” de Schopenhauer. Y me lo creí, me lo creí tanto que decidí ponerlo en práctica.
      Si un toro podía conseguir que le crecieran los cuernos, seguro que yo también podía conseguir que me crecieran, no los cuernos que me parecían una incomodidad a la hora de rematar de cabeza, pero sí un par de enormes alas de águila, con sus largas plumas de ala ancha y no esa mierda de algodón de los angelitos.
      Con esa intención me encerré en la habitación, me senté cómodamente en la cama, cerré los ojos y empecé a imaginar que me nacían dos bultitos en la espalda, a la altura de los omoplatos. Poco a poco, esas pequeñas protuberancias iban desarrollándose, creciendo, hasta convertirse en dos hermosos pechos de mujer. Por extraño que parezca, los pechos, si bien habían nacido en la espalda, ahora estaban perfectamente ubicados en su sitio, incorporados a mi anatomía con naturalidad y proporcionando a mi cuerpo un aspecto distinto, turbador.
      Abrí los ojos entre confundido y excitado y comprobé, tanto con alivio como con pesar que no me habían crecido ni pechos de mujer ni alas de águila. Sin embargo, en compensación, me había crecido otra parte del cuerpo.
      El resto del verano lo pasé recluido en mi cuarto en un estado de meditación profunda del que sólo salía con desgana para ir al baño y comer algo.
      Mi madre empezó a inquietarse. En las comidas se quedaba mirando fijamente mis ojeras y decía —Tu no estas bien. — y a continuación a mi padre —Este chico no está bien. —con lo que yo daba por terminada la comida y me levantaba de la mesa a lo que respondía la autoridad de mi padre.
      — ¿Donde te crees que vas? siéntate en tu sitio y haz caso a tu madre.
      Entonces yo me volvía a sentar, mi madre me miraba fijamente a las ojeras y decía—Tu no estas bien. —y a continuación a mi padre— Este chico no está bien.
      Un día vino un señor a casa y me preguntó qué hacía tantas horas encerrado en la habitación. Cuando le respondí que intentaba volar miró a mi madre con preocupación.
      —Lo ve, si ya le decía yo que no estaba bien. —Sentenció mi madre.
      Me internaron en un centro de rehabilitación para toxicómanos en el que me obligaban a creer en Dios y en la restauración de muebles usados, indistintamente.
      Y así, entre Toretes y Vaquillas reconvertidos a monaguillos bricomaniacos, fui perdiendo las ojeras junto con la fe en Schopenhauer y en la humanidad, indistintamente, sustituyéndolos por un incipiente bigotito y un paquete de Malboro, del que ya no he sabido separarme.
. . . . . . . . . . .

      Acompaño a Pequeña Penny al Centro de Salud para una revisión rutinaria. Aburrido de esperar, aprovecho que nadie acude a la llamada de un paciente por megafonía y me cuelo en la consulta. La doctora, una señora de mediana estatura para su mediana edad, ni guapa ni fea, se acerca a las gafas bifocales unos informes que deben pertenecer a la paciente ausente.
      —Siéntese, Doña Aurora, —dice sin levantar la vista de los informes— a ver, ¿que es lo que le pasa?
      —Que no me encuentro el punto G—digo yo, por entablar conversación.
      La doctora levanta la cabeza y me mira fijamente con el ceño fruncido. Yo empiezo a recular en el asiento, analizando las vías de escape.
      — ¿Usted fuma? —dice por fin
      —Un paquete de Malboro, —respondo precipitado. — desde los doce años.
      —Pues eso se ha terminado, no ve como tiene de irritada la voz, que parece un camionero.— comienza a teclear en el ordenador— Le voy a hacer un volante para que le hagan unas placas de la garganta y en una semana me vuelve usted a ver. —aprieta una tecla que hace que la impresora escupa las hojas con las citaciones— Y mientras tanto ni un cigarrillo.
      Me entrega el volante y cuando ya iba a salir por la puerta me llama
      — ¿No se olvida Usted de algo?
      Me paro junto a la puerta y me vuelvo, indeciso.
      —Ya está dejando su paquete de Malboro encima de la mesa— dice, y tras una inquisitorial pausa — y desnúdese.
      Abandono la consulta justo a tiempo de ver como Pequeña Penny sale por la puerta adyacente. Avanzo a su encuentro.
      — ¿Todo bien? —pregunto disimulando.
      — Bien, —responde— ¿y tu, como tienes esa cara?—me mira intranquila— ¿te pasa algo?
      —Es que a mí estos sitios me ponen enfermo. —vuelvo a disimular— Vamos, te invito a desayunar.
      Una vez en la calle, observo por una de las ventanas a la Doctora de mediana edad, recostada en su sillón con los pies descalzos encima de la mesa. Tiene el pelo alborotado y la bata desabotonada deja entrever un cuerpo bien cuidado. Desde éste lado de la cristalera resulta terriblemente atractiva. En sus manos, la cajetilla de Malboro de la que saca un cigarrillo y lo coloca con suavidad clínica entre sus labios. Lo prende y da una profunda calada para luego, con placer, dejar escapar el humo por las comisuras de su sonrisa.
      Pequeña Penny me da una colleja. —¿Que haces?
      —He decidido dejar de fumar. —respondo— Es que el tabaco se ha puesto por las nubes.
. . . . . . . . . . .

     Al regresar del centro de rehabilitación me encontré con mi amigo Lolo. Tras escuchar mi historia se me quedó mirando pensativo, parecía mantener una lucha interior. Al final debieron triunfar las fuerzas del bando de la pena ajena, porque echándome un brazo por encima de los hombros, me condujo hasta una esquina
      — Mira, te voy a contar el secreto de mi familia, pero tienes que jurarme que no se lo contarás a nadie.
      — Lo juro por lo mas sagrado —dije yo, siguiendo el convencionalismo aceptado.
     Lolo me miró fijamente a los ojos. Yo mantuve la mirada de la manera mas sincera que supe. Tras unos segundos que se me hicieron eternos Lolo se decidió a hablar.
      — Nos colgamos un ladrillo.
      — ¿Cómo que nos colgamos un ladrillo?
      — Pues eso, que nos atamos una cuerda a la chorra y ponemos un ladrillo de contrapeso. Por eso la tenemos tan grande.
      — Y a mí que me importa cómo la tengáis en tu casa.
      — Oye, que has sido tú el que me ha venido llorando que no conseguías que te creciera.
      — ¡Joder! Lolo, es que no te enteras de nada.
      — ¡Ah!, y tú sí. Por eso te han ingresado en un centro de retrasados.
      — De rehabilitación, imbécil.
      — Pues eso, de imbéciles con la picha corta. Tú y el Chopenagüer ese.

     Llegué a casa triunfal, con la nariz rota y el labio partido, pero triunfal. Mi madre se me quedó mirando fijamente, dio media vuelta y se alejó murmurando por los pasillos de la casa.
      — Este chico no está bien, no, no está bien.
     Atravesé el umbral y respiré profundamente el aroma del hogar, apestaba a coliflor recién hervida. Para evitar el vómito, encendí un cigarrillo y me lo coloqué en un lateral de la boca, estilo Travolta.
      — ¡Mamáaa! —grité mientras avanzaba con magullada chulería por el pasillo— ¿Tenemos ladrillos?



no se olvide